domingo, 30 de mayo de 2010

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viernes, 21 de mayo de 2010

El impacto multi-sensorial del cine sobre el espectador

Hablábamos anteayer en este blog de la capacidad sugestiva de las películas, de su enorme capacidad de influencia psicológica. Ciertamente nos fascina y nos transporta a otros mundos. Pero esta fascinación, cuando acontece en una sala cinematográfica, parece como si se multiplicara por diez.

Y es que el cine ejerce sobre los espectadores un impacto multidimensional, porque afecta simultáneamente a todos nuestros sentidos, y es casi imposible no dejarnos arrastrar por la trama del filme o de la teleserie. Esto, llevado hasta el extremo, es lo que explica esos fenómenos de fascinación -y hasta de "locura" colectiva- en estrenos cinematográficos como el de "Luna nueva", del que ya hablamos en otro post.

A diferencia del periódico o de la revista, que afectan sólo al sentido de la vista; o a diferencia de la radio, que incide sólo sobre el oído, el cine influye en varios sentidos al mismo tiempo. Ofrece una imagen cautivadora y estética, como la pintura o la fotografía (cuidando el encuadre, la composición, la luz); pero añade a la vez la sugestión del movimiento (como en la danza); y, al mismo tiempo, nos envuelve con la banda sonora (como en una audición musical); y realza la acción con efectos de sonido: la modulación de la voz, la retórica verbal, los diálogos…

Todo ello actúa simultáneamente en nuestro interior, en nuestra capacidad cognitiva y en nuestras emociones, y nuestra mente es incapaz de separar esos diferentes estímulos y anteponer para cada uno de ellos el filtro adecuado. En consecuencia, resulta muy difícil sustraerse al impacto que puede producir una secuencia bien planificada, y más aún atemperar el juego de emociones que va desarrollando el argumento del filme, pues la historia se “siente” al compás de la música, mediada por unos actores determinados, con una determinada opción interpretativa, bajo ciertos efectos de luz, de decoración, etc.

Y esto, insisto, provoca un impacto mayor en el cine. El propio ambiente de la sala contribuye a que “nos metamos” en la historia ficticia. Se apagan las luces, se enciende un proyector sobre una pantalla de grandes proporciones y arranca una música que procede de todas partes. Nada nos distrae de esa trama que comienza: no hay contertulios, como cuando vemos el televisor, ni llamadas telefónicas o tareas pendientes. Todo está pensado para invitar a la relajación y la contemplación; y, de hecho, los ojos no pueden mirar más que en la dirección de la pantalla.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Cine y fascinación: la capacidad sugestiva de las películas

En los artículos anteriores, hemos reflexionado sobre dos aspectos del cine y de las teleseries que afectan a la esfera social: la legitimación de actitudes y comportamientos, y la “autoridad social” para representar un modelo válido de familia. Esto nos ha permitido conocer la influencia del audiovisual (cine y televisión) en la esfera externa y colectiva del ser humano: la influencia sociológica. Pero las pelícuklas y teleseries influyen también en la esfera interna e individual de la persona humana: ésa es su influencia psicológica.

Algo hablamos de esa influencia psicológica cuando abordamos el tema de la “transferencia de personalidad”. Ahora me gustaría añadir algo sobre la capacidad sugestiva de las películas: sobre cómo actúa el cine en nuestros mecanismos de cognición e interpretación de la realidad.

A poco que reflexionemos, nos daremos cuenta que la representación audiovisual (cine y televisión) posee una capacidad muy superior a la de otros medios de comunicación: prensa, revistas, radio, grabaciones musicales... Una capacidad superior para fascinarnos, para evadirnos de la realidad y transportarnos a otro mundo de valores. La representación en los filmes es siempre una experiencia viva y fuerte, emocionalmente dramática, y con frecuencia se acaba asimilando como una experiencia vivida. Puede alcanzar esa conmoción interior que los clásicos denominaban "catársis".

Así, por ejemplo, una chica joven podría pensar: “¿Cómo me van a decir mis padres que la relación sexual se orienta a la vida y sólo tiene sentido en el matrimonio? ¡Si yo sé cómo es (autoridad epistemológica) y cómo debe ser (autoridad deontológica) el sentido de la relación sexual! ¡Si sé que tiene sentido cuando hay “amor”, cuando es expresión de un sentimiento! ¡¡Si lo he visto con mis propios ojos, si lo he vivido!!”. En realidad, lo ha visto y lo ha “vivido” en el cine, pero lo ha asimilado como algo vivido en primera persona.

Esas imágenes audiovisuales le han permitido asumir la instancia de testigo presencial: considera verdaderamente que ha experimentado esos hechos, y por tanto le parecen más verdaderos y reales que los discursos de sus padres y educadores. El tratamiento del tema, la historia “vivida” o “experimentada” en la película o la teleserie, adquiere así el estatus de algo incontestable, asentado en virtud de una supuesta experiencia propia.

Esta faceta de “manipulación de la experiencia” resulta mucho más importante en los jóvenes, pues son más vulnerables al poder fascinador de la imagen. Cuando en la escuela se habla de valores o actitudes morales, o cuando sus padres les proponen hablar “de algo serio”, inmediatamente ponen un filtro ante lo que oyen, porque lo interpretan como “imposición”, como “sermón” o, en el peor de los casos, como flagrante “manipulación”. Pero no piensan nada de eso cuando ven una película que les habla también de valores y de actitudes morales.

Las historias (asumidas como “experiencias” personales) parece fluir con espontaneidad, pero son fruto de una determinada concepción de la vida: detrás de ellas hay un filtro intelectual que muestra unos modelos de felicidad y unos personajes que pueden hacernos parecer ridícula una virtud o aceptable y digna una conducta viciosa. Penetran en su mundo interior sin obstáculos, a remolque de las emociones vividas en su imaginación.

martes, 18 de mayo de 2010

La imagen de la familia en "Los simpson", "Padre de familia" y "South Park"

En días anteriores he hablado en este blog de cómo las teleseries "legitiman" conductas y modos de pensar, y también de la "autoridad social" que les hemos otorgado en la representación de la familia. Ahora leo este artículo de Xavier Gutiérrez, en el boletín "Análisis y Actualidad", que abunda en esta misma cuestión.

No hay nada como estar en familia. La chimenea calienta al fondo el hogar. La sala limpia y sobriamente decorada. Todos juntos en torno al único televisor de casa. Mamá y papá ocupan un lugar privilegiado en el sofá. Jennifer, la hija mayor, descansa la cabeza en el fuerte brazo de su padre. Tom se sienta en la alfombra, recostado en Bobby, el perro traqnuilo. Y el pequeño Nicky se ha quedado dormido en las piernas de su madre.

“¡Shhhhht! No hagan ruido”. Papá toma en brazos a Nicky y comienza a subir las escaleras. Toda la familia lo sigue. Lo deposita suavemente en su pequeña cama. Mamá lo cubre con su manta favorita. Jennifer le quita los zapatos y Tom llega con Teddy, su osito de peluche, para que no duerma solo. Entre besos y caricias se despiden del pequeño angelito. Con una risa apagada regresan todos a la sala. Bobby los recibe moviendo la cola. Papá enciende el televisor, dirige una mirada a su familia y, desde lo más hondo de su corazón, exclama: “¡Os quiero, hijos míos!”

Éste era el modelo clásico de familia que proyectaban en televisión allá por los años setenta. Pero hoy, los modelos de familia que aparecen en televisión son “un poco” diferentes.

"Los Simpson", la aclamadísima serie de la cadena Fox, será nuestro primer punto de referencia.

No hay nada como estar en familia. Homero, en calzoncillos, ocupa todo el sillón. Bart y Lisa tienen el control de la televisión y deciden qué ver. Generalmente será el Show de "Tom & Daly", una parodia de "Tom & Jerry" en la que el ratón termina explotando o mutilando al pobre gato. Marge aparece en escena. Refunfuña por ver tanta violencia y la tachan de mamá aburrida. ¿Dónde está el bebé? Nadie lo sabe. A nadie le importa.

De repente, el abuelo aparece en la ventana y saluda a la familia. Sucede un milagro: Homero se levanta del sillón. Se dirige hacia la ventana. Su padre sonríe enternecido. Homero cierra la persiana para no verlo y se dirige a la cocina. Saca otra cerveza Düff, eructa, se rasca el trasero, patea al perro enclenque que ocupaba su lugar en el sofá y sigue viendo la televisión. Se les considera una familia normal, pero no debería serlo.

Otra de estas caricaturas es "Padre de Familia" ("Family Guy" en la versión original). Los Griffin nos muestran otro “modelito” de la sagrada institución que fundamenta nuestra sociedad.

No hay nada como estar en ¿familia? Todo parece normal. Mamá y Papá en el sillón, abrazados. El hijo mayor sentado en la alfombra. La hija adolescente sentada en una silla aparte. El bebé juega con el perro. Por fin, una escena normal en televisión, a no ser porque…

Peter, el padre, es un católico obeso y alcohólico. Está casado con Louis, otra mamá aburrida, que tiene que soportar las locuras de su estúpido esposo. Su suegro, un fanático, ha maldecido la unión de su hijo con una protestante.

Chris, el hijo mayor, es un fracasado. Utiliza un pendiente en la oreja, es gordo, y su temperamento refleja una total indiferencia e ineptitud. Comparte una característica con Meg, su hermana: son unos inadaptados. Tienen pocos amigos en la escuela y sus padres los avergüenzan constantemente.

Por último, tenemos a Stewie, el bebé obsesionado con la idea de matar a su mamá. Su mejor amigo es el perro de la casa, que habla y es propenso a la bebida. Juntos, el bebé y el perro, representan el peso intelectual de la familia. Con una familia así, ¿quién va a querer casarse y tener varios hijos?

La última serie animada que analizaremos es: "South Park". Podríamos continuar con otros programas, pues la lista es tan grande como dibujos animados en televisión, pero por ahora bastan estos tres ejemplos.

No hay nada como estar… Quizás no se pueda hablar del concepto “familia” en una serie como esta. La protagonizan cuatro niños: Stan, Kyle, Cartman y Kenny. Los directores aprovechan para atacar a todos los estamentos, religiones y nacionalidades con un vocabulario que haría sonrojar a un pescador veracruzano.

Resultaría grotesco detallar la condición familiar de cada personaje, pero podemos dar algunas pinceladas de este cuadro modernista: un niño que vive solo y muere en todos los episodios; otro que no sabe quién es su verdadero padre, y su mamá tampoco está segura; una mamá que quiere asesinar a su hijo porque ha descubierto que su esposo acude a un club de homosexuales: otro papá que no se siente a gusto con su género y se cambia el sexo, por el de un delfín… y la lista continúa.

Los adolescentes pasan mucho tiempo viendo televisión y absorben todos los modelos que aparecen. No es de sorprender que las nuevas generaciones rehúyan de formar una familia. De nosotros depende ofrecer a las futuras generaciones modelos de familias estables. Más que hablar de series animadas, hablamos de testimonios de vida. Vencer al mal con el bien.

lunes, 17 de mayo de 2010

La "legitimación" de conductas en el cine y las teleseries

En días anteriores hemos hablado de algunos efectos que el cine y las teleseries ejercen sobre las audiencias: la manipulación de las emociones, la transferencia de personalidad, los cambios en la percepción de la realidad, la atribución de una “autoridad social” indebida, etc.

Hoy quiero hablar de un efecto social aún más importante que todos los mencionados: la función de legitimación que las ficciones audiovisuales ejercen en nuestra sociedad. En su libro "Theories of film", AndrewTudor define así este efecto sobre el público: “Es el efecto, más potente que los habitualmente descritos, por el que las películas justifican o legitiman creencias, actos e ideas”.

Hoy en día, el cine ha legitimado conductas y percepciones de la realidad que hace sólo unos años provocaban el rechazo o la discrepancia moral de buena parte de la sociedad. Hoy, después de haberlos visto una y otra vez en filmes y teleseries, han pasado aser “normales”, legítimos. El cine les ha dado carta de naturaleza, ha establecido socialmente que son mucho más corrientes de lo que se piensa, que son plenamente válidos y, en todo caso, que deben verse como inevitables. Por eso invita al público a aceptarlos como “políticamente correctos”.

Entre otros comportamientos que afectan directamente a la familia y que el cine ha contribuido a legitimar, podrían señalarse:

La convivencia durante el noviazgo: en todas las teleseries juveniles, desde “Compañeros” y “Al salir de clase”, hasta “El internado”, “90-60-90” (fotograma de arriba) o la polémica TV movie “El pacto” (en la que siete adolescentes de 4º de ESO deciden quedarse embarazadas por solidaridad con otra alumna embarazada: así, engañando de paso a sus parejas –coniven con sus novios con la más plena naturalidad- llegan no sólo a banalizar el sexo, sino a justificar la maternidad por mero capricho, al margen de todo compromiso).

La ruptura familiar como forma de liberación, y la infidelidad como realización personal. Entre otros filmes que idealizan y legitiman el adulterio, cabe destacar “Los puentes de Madison”; y entre las teleseries… casi todas.

La promoción del aborto, como alivio para la madre y como modo de ejercer la medicina (¿?): como en “Las normas de la casa de la sidra”.

La legitimación de la eutanasia, con películas ideológicamente orientadas como “Million Dollar Baby” o “Mar adentro”; y, por supuesto, queda plenamente justificado en muchos diálogos de las teleseries actuales.

Ciertamente, el cine ha sido siempre una “fábrica de sueños”. En esos sueños (más o menos mediatizados por la narrativa audiovisual o cienmatográfica) nos proyectamos habitualmente y con ellos tratamos de configurar nuestras identidades. Por eso, porque es punto de referencia para nosotros mismos, el mundo audiovisual ha sido también comparado a un gran espejo. Pero hoy en día parece ser “un espejo distorsionado”, porque al mirarnos en él y buscar nuestro verdadero rostro, lo que vemos resulta ser bastante alejado de nuestra vida, de nuestros valores, de nuestra familia. Lo que esas imágenes autorizan a pensar y a actuar es asumido por los espectadores como algo legítimo, validado y plenamente aceptable en nuestras vidas.

viernes, 14 de mayo de 2010

La "autoridad social" de las teleseries y su representación de la familia

¿Por qué las tele-series influyen tanto en los jóvenes? Hace un par de días hablábamos en este blog de la manipulación de emociones en el cine, y señalábamos que en la actual crisis de valores que afecta a la educación (en la escuela, en la familia, en la vida social), es la representación audiovisual dominante (cine y televisión) la instancia que les dice dónde está el bien y el mal, qué hacer para alcanzar una vida plena, cómo conseguir la felicidad.

En el fondo, el problema que subyace es el de la "autoridad" concedida a las imágenes televisivas. Ante la desorientación de los padres (o su indiferencia ante los valores, o su actitud permisiva, o la renuncia a su misión educativa), los jóvenes están concediendo más autoridad epistemológica (conocimiento de la realidad) y más autoridad deontológica (valoración de la realidad) a los modelos que plasman las teleseries que a los aprendidos en clase o en las conversaciones con sus padres.

Los modelos de familia de “Aquí no hay quien viva” o “Los hombres de Paco” (familias rotas, con segundos o terceros matrimonios; infidelidades conyugales y exaltación de la homosexualidad), la promiscuidad familiar de series como “Los Serrano” o “90-60-90”, y la fuerte carga sensual de muchas series para adolescentes (como “El Pacto”, “El Internado” o “Física y Química”) acaban pareciendo a los jóvenes más reales y auténticas que su propia experiencia como familia. Aunque son pura ficción, esas series tienen más “autoridad” sobre lo que es y debe ser la familia que el ejemplo de la suya propia vivida durante años.

“¿Qué me van a decir mis padres sobre lo que debo o no debo hacer con mi novio?”, llegan a pensar muchas chicas adolescentes. “¡Si yo ya sé lo que es el noviazgo! ¡Si yo lo he visto, lo he vivido!”. En realidad lo ha visto y lo ha “vivido” en las series. Y eso, que es pura ficción, se le antoja más real –y más definitorio de lo que debe ser su pauta de conducta- que lo aprendido en casa y en el aula.

¿Por qué sucede esto? Por una parte, por la transferencia de personalidad que desarrollan al contemplar las teleseries. Y por otra, porque muchos padres transmiten un modelo de familia en el que parecen no creer: sin apenas convicción, ni alegría, ni entusiasmo. Si hiciéramos partícipes a nuestros hijos de la tarea maravillosa que es para nosotros formar una familia, del gustoso sacrificio que hemos puesto en traer hijos al mundo y educarlos, de la importancia de nuestra misión como padres (la más importante de nuestra vida), probablemente nuestros hijos la amarían también; y concederían menos autoridad a las teleseries porque compartirían con nosotros la ilusión de crear un hogar y de comprometerse por amor para toda la vida.

miércoles, 12 de mayo de 2010

El cine y la manipulación de las emociones

En artículos anteriores hemos visto algunos ejemplos relevantes de cómo una película cambia pautas de comportamiento, de consumo o de percepción de la realidad. También hemos ahondado en las razones de esa influencia. Hoy quiero referirme a otro aspecto de esta discusión: el Séptimo Arte como educador -o manipulador- de los sentimientos.

El punto de partida es que el cine es hoy —lo ha sido casi desde su nacimiento— el medio de educación emocional más poderoso para jóvenes y adolescentes. Más importante que toda la educación formal o reglada (en colegios, institutos, centros de formación, etc.) , resulta hoy la educación informal que conforman indirectamente los medios de comunicación. Y, en esta sociedad audiovisual en la que vivimos (en la que la imagen lo es todo), el cine actúa como referente de todas las otras manifestaciones culturales: teleseries, videojuegos, novelas, internet. Ahí es donde "vemos" y aprendemos cuál debe ser nuestra respuesta emocional ante cualquier tipo de situaciones.

Es algo que ha sido percibido desde siempre. Ya en 1917, durante la época del cine mudo, el Consejo Nacional de Moral Pública del Reino Unido publicó un informe titulado El cine: situación actual y posibilidades futuras, en el que se decía: “Puede dudarse si somos lo suficientemente conscientes de la fuerza y consistencia con que las salas de exhibición cinematográfica han atrapado a las gentes de este país. Las demás formas recreativas atraen como mucho a una pequeña parte de la comunidad; el magnetismo del cine, en cambio, es universal. En el transcurso de nuestra investigación hemos quedado impresionados por la evidencia, traída ante nuestros ojos, de la profunda influencia que el cine ejerce sobre el punto de vista intelectual y moral de millones de jóvenes”.

Quizás esta afirmación pueda ser juzgada de catastrofista, pero lo cierto es que ha sido proclamada y defendida con periódica insistencia por diversos teóricos del Séptimo Arte. En la actualidad, ese juicio podría resultar aún más justificado por la creciente indiferencia respecto de los valores que se registra en la educación escolar y familiar. Como señalaban Blumer y Hauser hace ya años: “la influencia del cine parece ser proporcional a la debilidad de la familia, la escuela, la Iglesia y el vecindario. Allí donde las instituciones que tradicionalmente han transmitido actitudes sociales y formas de conducta se han quebrado (…), el cine asume una importancia mayor como fuente de ideas y de pautas para la vida”.

Por lo que respecta a la educación reglada, es cierto que, cada vez más, los profesores se limitan a instruir —transmitir conocimientos— y renuncian a educar: transmitir un modelo de vida, unos valores, un ideal de comportamiento. Temen que se les critique de pretender “imponer sus creencias” a los alumnos. Ante esta crisis en la educación y en los valores, el cine adquiere cada vez más protagonismo como instancia educativa de los jóvenes: es el que dice a los jóvenes cómo deben comportarse y actuar, cuáles deben ser las relaciones familiares y de pareja, dónde está el bien y el mal, en qué consisten la felicidad y el fracaso personal.

Un solo ejemplo. Una película como Titanic, que fue vista en los cines por 10’8 millones de espectadores en nuestro país (a los que habría que añadir quienes la vieron en el vídeo, el DVD, los pases por televisión, etc.), ha influido notablemente en la consideración estrictamente sentimental del noviazgo, al margen de todo compromiso. La caracterización del novio de Rose (Kate Winslet), como un hombre iracundo y dominante, y el propio desarrollo de la historia, “justifican” narrativamente la impulsiva ruptura de un compromiso mantenido durante años. A la vez, la emotiva presentación de los personajes, “justifica” que se acuesten la misma noche de conocerse y manifiesten así un “afecto” (más bien un deseo placentero) que es presentado a la audiencia “la más bella historia de amor”. Una sola película ha influido más en el sentido del compromiso, del noviazgo y de las relaciones prematrimoniales que todas las explicaciones recibidas por los jóvenes en las aulas y en la familia durante muchos años.

No debemos minusvalorar la influencia del cine como educador de las emociones, porque las películas proyectan, sobre todo, respuestas afectivas que se presentan como "auténticas" (frente a las emociones falsas, "prescritas" por los mayores), y como el único camino válido para lograr la felicidad. Hace falta una educación crítica que ayude a desmantelar esa "manipulación de las emociones" que vemos en las películas y teleseries. Si sabemos transmitir en casa ese espíritu crítico, habremos dado un paso de gigante en su educación con respecto al ocio audiovisual.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Ética y representación fílmica: ¿es lo mismo el sexo que la violencia?


Anteayer comentaba la noticia de que la cadena americana ABC había despedido a un actor católico, Neal McDonough, por negarse a filmar escenas de sexo explícito en la serie Scoundrels que iba a protagonizar con Virginia Madsen. Por ser fiel a sus principios, el actor ha dejado de cobrar un millón de dólares.

Esta decisión ha suscitado un masivo apoyo de internautas en las más diversas páginas sobre cine. Por lo visto, la coherencia sigue siendo un valor muy apreciado en todas las culturas. Sin embargo, algunos han objetado que McDonough no ha tenido los mismos inconvenientes para representar papeles violentos. Y esto nos permite entrar en un tema muy interesante. ¿Plantea los mismos problemas éticos la representación de la violencia que la del sexo explícito?

El sentido común nos dice que no. Por eso en uno de esos debates sobre McDonough decía una mujer que, si su marido fuera actor, prefería mil veces verle disparando que en la cama con otra mujer.

Con respecto a la violencia, está claro que en todos los cuentos de hadas acaban muriendo el malo y sus secuaces, pero eso no daña en absoluto a los niños. No es la mera plasmación de la violencia lo que importa, ni tampoco el número de muertes, sino su puesta en escena, su representación: un solo acto de tortura puede ser infinitamente peor que la muerte de cientos de soldados en una batalla. Depende de cómo se represente, y se puede representar sin dañar la sensibilidad: aún más, mostrando la violencia como algo degradante e inhumano.

Sin embargo, el sexo no se puede representar sin realizarlo, al menos parcialmente. Como señala André Bazin, mentor de Truffaut y Rohmer, e inspirador de la Nouvelle Vague, la representación del sexo y la violencia son absolutamente diferentes, porque las escenas de violencia se representan mientras que las sexuales, en cierto modo, se viven. “En el cine -a diferencia de la pintura- a la mujer desnuda se la puede desear expresamente y acariciarla realmente y, sin embargo, si queremos permanecer en el nivel del arte debemos mantenernos en lo imaginario. Debemos poder considerar lo que pasa en la pantalla como un relato que no llega jamás al plano de la realidad, o en caso contrario, me hago cómplice diferido de un acto, o al menos una emoción, cuya realización exige intimidad. Lo que significa que el cine puede decir todo pero no puede mostrarlo todo. Se puede hablar de todo tipo de conductas sexuales pero con la condición de recurrir a las posibilidades de abstracción del lenguaje cinematográfico, de manera que la imagen no adquiera jamás un valor documental”.

Ana Sánchez de la Nieta ha publicado un artículo muy bien documentado sobre este punto, y comenta que, desde la perspectiva de Bazin, es perfectamente lógico que muchos directores rechacen el sexo explícito en sus películas y prefieran recurrir a la elipsis. El realizador finlandés Ali Kaurismäki, lo explica con elocuencia. En sus cintas, muy oscuras en ocasiones, retrata la vida de prostitutas o amantes pero nunca muestra sexo en las pantallas. “Cuando veo una película y llega la escena de sexo me siento siempre muy violento, y también el público, creo. Son situaciones privadas y me siento un voyeur. Todas esas secuencias parecen siempre la misma; pienso que en Hollywood tienen un stock al que acuden”.

Por otra parte, cabe también preguntarse: ¿quiere el espectador medio ver sexo en la pantalla grande? A juzgar por los datos de taquilla parece más bien lo contrario. Entre las 10 películas más vistas en el 2009 solo una –Resacón en las Vegas– tiene contenidos sexuales.

lunes, 3 de mayo de 2010

Despiden a un actor por negarse a filmar escenas de sexo

Cumplir con sus principios como creyente y hombre de familia le ha costado al actor de Hollywood Neal McDonough ser despedido de su papel protagonista en una serie de televisión. La cadena ABC alegó simplemente "cambios en el casting inicial". ¿La verdadera razón? McDonough se niega a realizar escenas de sexo explícito.

Según ha dado a conocer Kathleen Gilbert en Life Site News, la cadena de televisión norteamericana ABC despidió a McDonough tras sólo tres días de rodaje de la serie llamada Scoundrels por negarse a realizar escenas de sexo explícito que debían ser rodadas con la actriz Virginia Madsen. La cadena de televisión esgrimió como argumento oficial un simple cambio en las decisiones de la selección de actores.

McDonough, católico, está casado y es padre de tres niños pequños, ya había rechazado anteriormente rodar escenas de este tipo con la actriz Nicolette Sheridan, cuando interpretaba el papel de su marido en la quinta temporada de la serie «Mujeres desesperadas», también de la ABC, así como en la serie «Boombtown», de la NBC. De manera que los productores debían conocer muy bien los principios que este afamado actor no está dispuesto a traicionar.

Nacido en 1966 en Dorchester (Massa-chusetts), hijo de padres irlandeses, McDonough estudió Arte Dramático en la London Academy of Arts and Sciences. En 1999 obtuvo el Premio del jurado en el Festival de cine de Atlantic City, y más recientemente, una nominación a los Screen Actors Guild Awards. Ha rodado más de veinte películas, entre ellas: Minority Report, Star Trek VIII: Primer contacto y Banderas de nuestros padres, y también series de éxito como la citada Mujeres desesperadas o la mini-serie Hermanos de sangre.

Por su trabajo en Scoundrels iba a cobrar un millón de dólares, pero no ha dudado en renunciar a ese atractivo sueldo por ser fiel a su Fe y a sus principios. Todo un ejemplo para los tiempos que corren.