domingo, 5 de febrero de 2017

“La ciudad de las estrellas (La La Land)”: un musical moderno... como los de antes

(JUAN JESÚS DE CÓZAR) Brillante, romántica, nostálgica y de una energía contagiosa, “La ciudad de las estrellas” o “La La Land” –su título original, mucho más sonoro y pegadizo– se acaba de convertir en la película con más Globos de Oro de la historia: los 7 a los que aspiraba. Recientemente estrenada en nuestro país tras su éxito en USA, se ha situado en lo más alto de la taquilla española y es previsible que tenga un prolongado boca-oreja. Con un encanto irresistible, “La La Land” no solo convence al espectador sino que lo conquista.

El filme, que está lleno de guiños cinéfilos, quiere ser también un agradecido homenaje a los famosos musicales de las décadas de 1950 y 1960: “Cantando bajo la lluvia”, “Melodías de Broadway”, “Un americano en París”, “West Side Story” o “Los paraguas de Cherburgo”. Pero Damien Chazelle, director y guionista, no se ha conformado con imitar o rememorar el pasado, porque su cine tiene personalidad propia como ya demostró en la intensa “Whiplash” (2014), una cinta donde la música también es un factor clave.

En “La La Land” se puede confirmar ese algo casi imperceptible que llamamos “química entre los actores”. Porque Ryan Gosling y Emma Stone, en su tercer trabajo juntos, se suman en la era moderna a esas míticas parejas de cine que formaron Humphrey Bogart y Lauren Bacall, Fred Astaire y Ginger Rogers, Spencer Tracy y Katharine Hepburn o Dick Powell y Myrna Loy.

Estamos en Los Ángeles y la película comienza con un vibrante plano secuencia, que la coreografía de Mandy Moore y la música de Justin Hurwitz convierten en una escena espectacular. Será ocasión para el primer encuentro entre Sebastian (Gosling) y Mia (Stone), él pianista y gran amante del jazz, y ella aspirante a actriz y –de momento– camarera en la cafetería de un estudio de cine. Lo que viene después es mejor verlo y no contarlo, pero les aseguro que es una delicia.

La La Land” se mueve en terreno conocido argumentalmente, porque habla de perseguir los propios sueños, de sacrificio, de renuncia y de un amor que querría ser para siempre. Pero lo hace con tal simpatía que el espectador se rinde al hechizo de unas canciones que se tararean con los pies, de un colorido vestuario con toques retro de Mary Zophres y de unos actores soberbios, muy bien dirigidos por un Chazelle –32 años recién cumplidos– que apunta al Oscar.

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